Cuando todo parece precipitarse hacia el final, he pasado todo el fin de semana intentando controlar mis emociones ante lo que se avecina, pero la mente se subleva y vuelve a aquellos recuerdos de la infancia, aquellas risas y expresión siempre amable y a la amistad y complicidad de mi juventud.
Tantos años juntos, que parecía que sabía lo que iba a decir en cada momento. Su extensa cultura, su diálogo culto, de profesor . Su educación refinada de militar de academia. Su amabilidad de médico de toda la vida querido por toda la familia. Su emotividad siempre controlada.
Pero todo cambió hace 3 años y medio, el dia que quedó viudo. La nube gris de la depresión se adueñó de el y, como el decía, el 90% de su personalidad desapareció. Ya nada era igual. Raramente recordaba a la persona que fué. Sólo el escribir su libro le ayudaba y motivaba cada uno de sus días. Una y otra vez enfermó, y se debilitó hasta un extremo irrecuperable, en que apenas ni podía tenerse en pie.
Los recuerdos, se agolpan en mi cabeza. El tiempo me ayudará a ordenarlos y a sacar lo mejor de ellos.
Luego están los reproches. Todas aquellas cosas, que fruto de una dignidad y orgullo excesivos y una pose grabada en los genes, nunca nos dijimos. Nunca nos dijimos cuanto nos queríamos. Resultaría melífluo.
Todo aquel cariño que se presuponía, pero no se exteriorizaba, fruto de una educación algo victoriana.
En los 3 últimos años, ni siquiera pude ya percibir su amistad, ni su complicidad. Ni siquiera se dejaba ayudar, ni aconsejar, sumido en su depresión profunda e insalvable. Me hubiera gustado tanto compartir cosas con el y poder ayudarle, pero su negativa era absoluta. Sólo quería marchar....
Y ahora, es demasiado tarde. Ni él mepuede oir, ni yo a él. Aunque, llegados a este punto, comprendo que tenga preparada su mochila, para emprender el viaje-
Ahora, en el hospital, desea ir a reunirse con la única persona a la que realmente quiso. No comprende porqué tarda tanto. Ella le está esperando!

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